21/07/2022

Tengo absoluta fe que algún día al fin podré tenerlo en mis brazos

El 2 de mayo del 2018, justo cuando cumplí 37 semanas recibí esa frase: no hay latido. Esas horas fueron caos y confusión. Antes de alistarme para la cesárea, me miré al espejo, quise guardar en mi mente la imagen embarazada de mi pequeño, fue nuestra despedida, la última vez que estuvimos juntos.

Después vinieron momentos duros, no sabía cómo actuar. Viví mucho tiempo con la culpa de no haber cargado a mi hijo; y otras decisiones que habrían sido diferentes. Lloré y lloré mucho, me enojé con Dios; en ese tiempo pensaba que porque debía pasar por la recuperación de una cesarea y no tener a mi hijo en casa, porque tuve que salir del hospital sólo con mi tristeza. Y llegó el tiempo de los porqué´s, por qué a mí, por qué tuvo que ser así, por qué simplemente se esfumó.

Después empezó la culpa, culpé a Dios, me culpé a mi, culpé a los doctores. Pero llegó el día en que no podía más, y fue cuando me rendí, le pedí perdón a Dios, me reconcilié conmigo misma. Fue todo un proceso, en el cual comprendí que todos los por qués no tenían respuesta y que todas las culpas no me permitían darme cuenta que cada minuto, momento, incluso el dolor físico de una operación y que hasta el último latido de mi hijo valió la pena, porque vivió y sintió mi amor.

Han sido 4 años en donde el dolor sigue, los momentos que nunca serán son los que más duelen, pero tengo absoluta fe que algún día al fin podré tenerlo en mis brazos, sólo que esta espera no será de 9 meses, si no que esperaré toda mi vida. - Mónica Guevara.

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